Cuidando el compartir de conocimientos

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Cuidando el compartir conocimientos: linaje, crédito y responsabilidad

Parte 2 de 3: La situación actual

Viene de la Parte 1: qué es un linaje, cómo se honra en la práctica diaria, y cómo se encarna la coherencia en comunidad.

Los valores que sostienen este linaje colectivo

Existimos como movimiento cultural y sociopolítico, como comunidad de práctica y como red descentralizada de personas y organizaciones autónomas. Cada persona, escuela, colectivo u organización que forma parte conserva su identidad propia, unida a las demás por principios comunes que reconocemos y habitamos libremente.

Reconocemos el poder de lo colectivo: nos sostenemos mutuamente y encontramos en la comunidad la fuente de nuestra fortaleza. Trabajamos desde la co-creación, la horizontalidad y la reciprocidad, entre quienes integramos esta red y hacia afuera. El bienestar de las comunidades que servimos es nuestra brújula, y cada nodo conserva su autonomía dentro de principios compartidos que orientan la práctica sin homogeneizarla. Reconocemos que la formación académica, la práctica supervisada, la certificación profesional y los saberes ancestrales y vivenciales son trayectorias igualmente legítimas y complementarias.

Nombramos y cuestionamos las dinámicas de desigualdad y exclusión, incluyendo las que pueden reproducirse al interior del movimiento. Crecemos al ritmo de lo que puede sostenerse con cuidado, discerniendo juntas cada decisión y su impacto colectivo.

El diagnóstico: qué funciona y qué se puede optimizar hoy

Al comenzar a reconocerse en este camino, es común sentirse especial, querer “salvar” y “ayudar” a otros, o creer que se está inventando algo nuevo. Esa sensación de originalidad rara vez resiste el contraste con lo que otras personas ya vivieron antes, y lo que se busca, en el fondo, es una tribu a la cual pertenecer. En todas partes del mundo y en distintos ámbitos se repite el mismo esfuerzo desmedido por creer que se crea algo novedoso, cuando en realidad se está tomando prestado sin nombrarlo, o sin darse cuenta.

Abrimos con la pregunta de qué está pasando hoy con el reconocimiento de linajes en el ámbito del acompañamiento, y las áreas de mejora puntualmente. Trazamos la historia del movimiento y observamos el patrón contemporáneo de manera directa.

Percibimos que el concepto de linaje no está del todo claro. Entendemos que linaje no es sólo una línea cronológica sino que abarca también la conciencia de parte de una línea evolutiva, además de una conexión con un origen temporal. Esta conciencia es esencial para que funcione. No todo lo que se hace tiene conciencia de linaje. De ahí que algunos saberes y conocimientos, por más sólidos que sean, no pueden integrarse y no pueden honrar su pertenencia.

Quienes llevamos tiempo avanzando este movimiento reconocemos que nuestra trayectoria se apoya en muchas experiencias: enseñanzas, lecturas, acompañamientos, conversaciones.

Ninguna de nosotras inventó la rueda.

Cada paso que damos hoy fue apoyado, impulsado, inspirado por algo que llegó antes. Quienes reconocemos esto entendemos nuestro rol como continuidad de un legado, y sabemos nombrar a quienes lo dejaron.

Contextualizar nuestro momento en el movimiento significa conocer la historia de quienes tomaron pasos, decisiones y riesgos para que hoy pudiéramos caminar con mayor libertad hacia el potencial del movimiento. Ese conocimiento se traduce en la capacidad y el deseo de dar crédito a quienes vinieron antes, sin importar cuán mínima parezca su influencia. Nombramos sus nombres, contamos sus historias, con humildad y con orgullo.

La desviación ocurre cuando alguien entra al movimiento sin percatarse de que llega a un espacio con muchos orígenes y muchas maestras. Toma lo que una maestra enseñó, lo que escuchó en una charla o conversación con alguien de más recorrido, y lo presenta como iniciativa propia, sin reconocer el estudio o el intercambio que lo hizo posible. Sin ese recorrido, asume roles y posturas de autoridad, y adopta títulos que no corresponden a su trayectoria. Existe una intersección particular con quienes entran al ámbito buscando un cambio de carrera o un modelo de negocio de acompañamiento, enfocados en su propio avance sin considerar las repercusiones directas sobre el movimiento y quienes forman parte de él.

Muchas de nosotras, como personas u organizaciones, actuamos con respeto al linaje de conocimiento ancestral, cultural y tradicional, y entregamos todo nuestro saber con humildad porque reconocemos que no es “nuestro saber”, solicitando permiso para usar lo ajeno y citando su autoría. Dentro de nuestra red reforzamos estos valores de integridad. Y, esto no siempre ocurre del otro lado: cada vez más vemos cómo se copia y se utiliza el material creado por otras personas u organizaciones sin nombrarlo, y es desconcertante ver cuánto se copia textualmente sin los créditos que obviamente se omiten.

La disyuntiva central es que hay personas apropiándose de saberes y enseñanzas como contenido divulgado sin referencias. Quienes llevamos sosteniendo el movimiento durante las últimas décadas somos generosas y estamos entusiasmadas por apoyar a quienes están entrando ahora. Al mismo tiempo, vemos una falta de consciencia sobre todo lo que se tuvo que atravesar para llegar hasta aquí, sobre la labor de quienes vinieron antes que nosotras.

Lo observamos desde el plagio y la apropiación de enseñanzas, modelos y contenidos curriculares, hasta de los términos originales y compartidos dentro del movimiento. Como reacción, distintas organizaciones alrededor del mundo han intentado registrar marcas y patentes, convirtiendo el acompañamiento en propiedad privada, a la vez que otras intentan desacreditar los términos que ha definido el movimiento. Es una nueva forma de imposición u oposición, y contrario a lo que se genera como red. Nos obliga a pensar con rigor qué puede registrarse, qué no, y cómo proteger a quienes forman desde la cooperación y el reconocimiento.

Nadie debería necesitar recordatorio sobre la necesidad del respeto al linaje. Aún así, ya sea por desconocimiento, por falta de integridad, o por la separación y la búsqueda de individualidad extrema que caracterizan este momento, se toma y se usa para propio beneficio. El acceso a tanta información digital y a la inteligencia artificial da acceso a tanto, que se asume que no es necesario pedir permiso o nombrar autoría. Las generaciones van cambiando.

Separamos nuestra generosidad, lo que damos libremente, de lo que sentimos cuando ese mismo material regresa sin crédito. El remedio es nombrar la fuente con humildad.

Por qué sucede: motivación, inconsciencia, redes sociales

En gran parte la motivación es inconsciencia: falta de conocimiento o de curiosidad por la historia del movimiento. También responde a un condicionamiento contemporáneo que prioriza el interés individual, cuando este movimiento se fundamenta en la comunidad y opera como cuerpo colectivo, no en función del beneficio de una persona en particular. Hay un choque de cosmovisiones, posturas y acercamientos que toma tiempo reconocer y reubicar dentro de lo que realmente es la cultura del acompañamiento. Para quienes llevamos más de una década en el ámbito, nombrar a quienes hicieron posible el momento actual resulta natural y necesario. Reconocer lo que implica abogar por humanidad, dignidad y acompañamiento en comunidad requiere un ajuste de mirada.

En el norte global existe hoy un movimiento hacia la inclusión, la equidad, la justicia y la diversidad que, en paralelo, ciega a consideraciones específicas de nuestro ámbito. Personas dedican tiempo y esfuerzo a cuestionar el uso del término “ doula” para acompañar (algo que en América Latina nunca fue prioridad, nombrar o apropiarse de un término particular que no surgió desde nuestro territorio), y los argumentos sobre su falta de neutralidad de género o su vínculo con una historia de esclavitud llenan los espacios de formación. Lo que estos argumentos no consideran es que quienes usaron ese término por primera vez, entre los años setenta y noventa, en EE. UU., respondían con el vocabulario disponible en aquel momento para legitimar y sostener un rol urgente en el ámbito del morir, sin margen para examinar a fondo sus implicaciones. Fueron esas personas, en gran parte, quienes hicieron posible el momento actual del movimiento, tanto en EE. UU. como globalmente.

Cuestionar su elección sin ese contexto desestima y pasa por alto el esfuerzo de quienes concretaron el ámbito que hoy permite estos mismos juicios. Sin su decisión de abogar por el rol de doula de muerte o fin de vida para hacer espacio para el acompañamiento dentro de los sistemas, no existirían los espacios que hoy se llenan de quejas e indignaciones, un desgaste de tiempo para todas las personas involucradas. Hay asuntos más serios que discutir que la potencial historia sesgada de un término.

Parece existir una necesidad de validación externa—profesional, en un caso; en redes sociales, en otro—como motor de la apropiación. El acelerador digital afecta, y da un giro particular a la pregunta sobre inseguridad y no pertenencia. El mismo miedo aprendido puede producir comportamientos distintos, y hasta opuestos, según la persona y su proceso.

La inteligencia artificial añade una capa particular: quienes la usan para educar, compartir saberes y mostrar una visión ancestral o contemporánea terminan, muchas veces, asumiendo que son dueñas de ese contenido. En parte es ignorancia o desconocimiento; en otras, falta de integridad y de sabiduría para usar el material de otros, sin entender la necesidad de honrar ese linaje.

El miedo condicionado de que la individualidad desaparezca (que es función de la muerte) genera una búsqueda de autoprotección extrema: una ultradefensa de lo propio, una falta de conciencia de las implicancias que conlleva pertenecer a una comunidad. Específicamente en nuestra comunidad, aún nos falta saber morir a nuestras defensas. Los valores que sostenemos requieren un trabajo profundo con esas muertes.

En el punto donde se cruzan la profesionalización del rol y la naturaleza humana, comunitaria e interdependiente de la que nace este movimiento, surgen confusiones sobre qué pertenece y qué no pertenece al movimiento. La premura nace de la preocupación de que, si algo no se hace con urgencia, alguien más lo hará y lo hará mal. Al no existir un reconocimiento profesional amplio del rol (como sí existe, por ejemplo, para el rol de cuidadora), muchas personas sienten inseguridad de no ser reconocidas o aceptadas en los espacios que podrían beneficiarse del acompañamiento. La necesidad percibida de legitimar la labor mediante reconocimiento profesional genera una sensación de presión constante, y con ella la percepción de que, si algo no se logra ya, se pierde el control.

Esa ilusión de control pertenece al ámbito individualista, ajeno a un movimiento que nace y crece de manera orgánica desde la presencia contundente de un cuerpo colectivo. Los sistemas dominantes inculcan una falta de confianza con la naturaleza que permea también nuestros espacios, y de ahí se detona el miedo a no pertenecer, a no ser reconocida (a desaparecer), a existir en competencia con otras personas del ámbito.

Como en otros ámbitos profesionales, existen personas con los recursos para construir una imagen comercial y las palancas que dan mayor visibilidad y mercadeo a su individualidad. Otras personas venden lo que, dentro de una comunidad recíproca, se entiende como invendible y ajeno a toda transacción. Compararse con métricas que no son nativas de nuestro movimiento somete a una tortura sin fin, y deja a la persona dominada por urgencias imaginarias.

Vender y vendernos se ha vuelto parte de estar en redes, y con eso llega la distracción del por qué y para qué somos parte de un movimiento, de una comunidad. La competencia queda implícita: la que mejor maneje las redes, más seguidores tendrá, y se asumirá “más experta”.

La premura es parte de tener tanta información a nuestro alcance a un par de clics. Ya no tomamos el tiempo necesario para investigar apropiadamente, informarnos de todo lo que ya existe, lo que ya se dijo y cuándo, y citar autoría de manera correcta. La inseguridad, sin falta, empuja a usar el material de otros por no sentir la capacidad de crear un material propio aun usando referencias ajenas. Y la competencia juega un papel en este proceso, pues lleva a comparar lo propio con lo que hacen otros, y a querer copiarlo o repetirlo. Aún así, la no pertenencia y el no reconocimiento son, también, motivación para hacer las cosas con una integridad que genera un sentimiento de mayor reconocimiento.

Son todas expresiones de un miedo base heredado. Nos condicionan para tomar decisiones a corto plazo que parecen seguras y válidas. En el mediano y largo plazo demuestran su ineficacia. El riesgo es que, al no hacernos conscientes del origen de muchas decisiones, volvemos a aplicar el mismo criterio, y entonces se refuerza el mecanismo.

Cuando el conocimiento propio circula sin nombre

A lo largo de una trayectoria de décadas en este campo, ha sucedido muchas veces que alguien toma algo enseñado, diseñado o compartido, y lo usa sin mencionar su origen. Al principio resulta sorprendente y retador, porque compartir nace de una intención generosa y un espíritu de inclusión. Personas se presentan en otros grupos como autoras o gestoras de proyectos y contenidos ajenos, que alguien se acerca como aliado, copia y replica lo que entiende del trabajo de otra, y luego construye competencia directa contra esos proyectos.

Lo que queda claro es que nadie puede robar o replicar realmente nada, ni copiando todo palabra por palabra. Hay un espíritu, un alma en el origen de cada cosa y en la manera en que se manifiesta, que elige a una persona para transmitirla. Lo que se puede copiar es el cascarón de una manifestación que, sin quien la sostiene, no cobra vida propia. Es lo que la vida misma enseña, y con el tiempo deja de indignar o herir. Se entiende como resultado de condicionamientos y actitudes inconscientes de supervivencia que la sociedad contemporánea fomenta desde la inseguridad y el miedo inculcados.

A veces la respuesta es un malestar que se reconoce como un asunto del propio ego. Debería sentirse orgullo cuando alguien copia el propio trabajo, y sin embargo no siempre es así; enfrentar la situación de frente no siempre ocurre, y evadir el conflicto puede volverse un patrón. Puede enviarse una comunicación pidiendo reconocimiento, o, frente a una copia textual, no se dice nada. Y hay una distinción importante: cuando el propio material se comparte con permiso explícito, la situación es distinta, y es gratificante verlo usado.

Puede que no se viva conscientemente ninguna situación así, hasta que, de pronto, una organización publica fotos de una actividad propia sin etiquetar ni nombrar a quien la realizó, atribuyéndosela a alguien más. La sensación de falta de reconocimiento puede dejarse sentir, identificarse, y luego traducirse en una conversación directa con la organización, no por indignación sino por respeto al propio trabajo y esfuerzo, y por responsabilidad social.

Puede haber dolor, perplejidad, enojo, y preguntas honestas: ¿acaso hay un deseo de controlar el saber? ¿Es una herida en el reconocimiento? Personas formadas dentro de una institución toman una propuesta basada en esos saberes y la ofrecen por fuera del marco institucional, sin reconocer el origen ni solicitar la anuencia correspondiente, mientras sostienen el mismo espacio dentro de la institución; la respuesta es pedirles que se retiren.

El desapego, la rabia, la frustración y la perplejidad institucional son cuatro maneras en que esto se habita. Cualquiera de ellas encuentra, además, un espacio seguro en el Código de Ética de la RedLA, que invita a ejercer el derecho a ser escuchada sin dictar qué hacer con lo vivido. Pertenecer a un movimiento en comunidad significa no atravesar estas situaciones en soledad—hay corazones y miradas que acompañan, y lo vivido por una se convierte en aprendizaje compartido para todas.

La legitimidad intrínseca del movimiento comunitario

El movimiento de acompañamiento es un movimiento humano, que nace de una naturaleza como seres humanos desde el principio de los tiempos. Eso no debería tener que justificarse ni defenderse ante ningún sistema. Si el movimiento no necesita legitimarse ante ningún sistema externo, la apropiación interna, entre quienes ya comparten ese entendimiento, se vuelve una contradicción más aguda que una simple falta de crédito.

El ámbito contemporáneo ya ofrece múltiples plataformas y avenidas para la promoción comercial y el avance individual. Los espacios de la RedLA sostienen, sin fines de aprovechamiento unilateral entre quienes la integran, oportunidades de intercambio de conocimiento y experiencia compartidos con generosidad.

¿Puedes nombrar, ahora mismo, los linajes que sostienen tu práctica? ¿A quién le darías crédito si tuvieras que hacerlo hoy?

Sigue en la Parte 3: dónde está el límite entre adaptar y apropiarse, y hacia qué postura y protocolo camina la red.

Imagen: George Becker

Wilka Roig es cofundadora de RedLA, partera de la muerte, activista en el campo de fin de vida y duelo, y directora general y académica de ESFIM. A través de giras comunitarias, aprende sobre cómo estamos muriendo y dueleando en Latinoamérica para identificar fortalezas y necesidades que orientan nuestra labor.

Catalina Mahecha es cofundadora de la Red Latinoamericana de Acompañamiento en la Muerte y el Duelo (RedLA). Su labor se centra en abrir espacios de diálogo entre diferentes saberes para acompañar la muerte en su contexto.

Con contribuciones de:

Viviana Bilezker es presidente y directora de El Faro Asociación, y consejera de RedLA. Capacita acompañantes y doulas de fin de vida, asiste a personas y familias en la preparación para la muerte y trabaja con la comunidad para desarrollar la conciencia de finitud.

María Ignacia Mac-Auliffe Rosas es enfermera de cuidados paliativos con enfoque en demencias, y doula de fin de vida. Presidenta de la Corporación Red Chilena de la Muerte y cofundadora de la RedLA, educa y empodera a la comunidad para potenciar el acompañamiento comunitario en la muerte y acercarlo a los cuidados paliativos.

Sofia Plonsky es cofundadora de la RedLA y Fundadora de LiveDoula en el campo del acompañamiento en el morir y el duelo, y facilitadora del programa CareDoula para formar doulas de muerte en Latinoamérica.

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