Cuidando saberes: el camino a seguir
Parte 3 de 3: El camino a seguir
Viene de la Parte 2: los valores que sostienen el linaje, el diagnóstico de qué funciona y qué se puede optimizar hoy, las motivaciones detrás de la apropiación.
Los límites: apropiación, adaptación, responsabilidad
Quien enseña contenido que forma parte del conocimiento colectivo del acompañamiento responde, en primer lugar, ante su propia consciencia de pertenecer a algo más grande, que es haber evolucionado desde lo individual y personal hacia lo comunitario y transpersonal. Responde también ante quienes reciben ese conocimiento, y ante los pares y acompañantes de camino.
Para algunas, esa responsabilidad se sostiene cuando el contenido se enseña desde una voz individual, porque el conocimiento sigue perteneciendo a un linaje colectivo: se responde por cómo se nombra, se cuida y se distribuye. Para otras, la exigencia es más simple: cuando alguien hace suya una frase que se originó en un encuentro de la red, basta con contextualizar, sin necesidad de hacerla propia ni de rendir cuentas ante nadie en particular. Y para otras más, la instancia última es la propia integridad: responder ante una misma, aun cuando la persona de quien se aprendió algo nunca llegue a saberlo.
Apropiarse es tomar material de otro origen y presentarlo como propio, sin entender su fundamento ni su origen: replicar e interpretar desde una postura que no está informada por la experiencia que le dio origen. Es pretender controlar y desconectarse de la confianza esencial.
Adaptar es reconocer el origen e interpretar desde el conocimiento genuino de dónde viene una enseñanza y transformarla sin borrar su procedencia, desde una resonancia interna en un lugar genuino de verdad compartida. Es posible repetir lo que dijo otra persona con tono propio y experiencia única, reconociendo que es adaptación.
Lo que hace que una repetición se sienta parte de la comunidad, de la red, y no una apropiación, son los vínculos cultivados y la confianza fomentada, cuidada y sostenida con el tiempo. Basta con que se nombre y se honre el origen. Reconocer el origen tanto como la dirección de destino también ayuda: resulta grato saber que algo propio se repite, sentirse parte de un efecto multiplicador de saberes.
Hacia la cooperación
Una propuesta concreta hacia la cooperación entre particulares, escuelas y linajes toma forma alrededor de varios ejes:
- Definición de lo mínimo y común que toda formación debe compartir—empezando por un entendimiento básico del proceso físico del morir—y declaración abierta como contenido libre y gratuito para cualquier persona, donde copiar o replicar no solo está permitido, sino que es parte del propósito.
- Afirmación de las voluntades anticipadas, y cómo integrarnos en los marcos actuales de la muerte digna e institucionalizada.
- Declaración explícita de las escuelas, teorías y modelos de aprendizaje que hay detrás de cada formación, y que se fusionan entre sí: abordaje transpersonal, mediumnidad, constelaciones familiares, psicología, tradiciones originarias, espiritualidad, entre otras.
- Reconocimiento de la interculturalidad.
- Declaración abierta de dónde están las diferencias entre las formaciones, no solo en tiempo sino en enfoques. Ser claras al reconocer de dónde surgen los enfoques y metodologías.
- Declaración clara de quiénes son las y los sabios de donde provienen las ideas, los abordajes, las enseñanzas.
- Explicitación fundamentada cuando se está creando una fusión o una metodología nueva.
- Invitación a las escuelas a tener revisión de pares y un consenso para un sello de calidad.
Hoy existen modelos y cursos que se fundamentan y derivan de otros modelos y cursos ya existentes; son pocos los que nacen de manera orgánica y original, de personas que sintieron el impulso de crear contenido y estructura propia para transmitir una enseñanza. Lo que más valida la calidad de un programa es el resultado: cómo se manifiesta en quienes lo cursan, y si ese resultado se sostiene y se fortalece con el tiempo, avalado por cada vez más personas. La originalidad, en este ámbito, resulta evidente: destaca frente a lo que los demás replican.
Revisar la autoría de cada material que sale al mundo no siempre parece posible. Con la inteligencia artificial, cualquiera puede hacer lo que quiera en ese sentido, y aunque fuera posible, ¿cuánto tiempo tomaría hacerlo con cada pieza? Y si se descubre plagio o copia, ¿cómo proceder, si no existen derechos legales que respalden el reclamo en muchos de nuestros países?
Celebrar el momento, la circunstancia y la comunidad que inspiraron el impulso de desarrollar un modelo o montar una escuela o programa es un primer compromiso; reconocer el valor de esa comunidad trae también el orgullo de darle crédito. Mencionar de dónde viene el conocimiento y dar contexto, aunque la inteligencia artificial facilite hoy la apropiación, sigue siendo la base. Incluir en el material un enunciado que declare su creación, y que todo lo que provenga de otra fuente será nombrado y citado con permiso, dignifica a quien lo transmite: el saber no es propiedad privada de nadie, pero honrar su origen honra también a quien lo sostiene.
El principio que debe sostener esa postura es el reconocimiento de que somos parte de un cuerpo colectivo que trae consigo la responsabilidad de cuidar a cada uno de sus miembros. Respeto mutuo y recíproco, capacidad y regocijo de celebrar la sabiduría individual dentro de ese cuerpo, orgullo de dar crédito y de reconocer el linaje son los mismos valores que deberían repetirse, con frecuencia y en cada oportunidad, en artículos, en la comunidad, en los lineamientos. Elaborando un consenso compartido, la RedLA sostiene ese consenso, capaz de apelar a esos acuerdos cuando no se respeten. Propiciar la conversación y la reflexión es la tarea principal.
Hacia una postura y un protocolo de red
El protocolo ya vive en uno de los principios activos de la RedLA: el reconocimiento de fuentes y la custodia del conocimiento:
El conocimiento que circula en RedLA tiene origen—personas, comunidades, tradiciones, maestras—y quienes integran la Red se comprometen a nombrar esas fuentes con rigor, incluyendo el saber compartido en conversación o en espacios de encuentro. Las tradiciones culturales, espirituales y académicas de la región comparten este principio: el conocimiento se transmite con el nombre de quien lo generó o lo sostuvo, y honrar la fuente es un acto de integridad y de pertenencia al movimiento.
Ese protocolo toma forma concreta en gestos simples: un formato de solicitud de permiso que se usa siempre que se comparte algo ajeno, y que se repite hasta volverse parte de la cultura compartida—cuando quienes lideran una comunidad lo modelan primero, el resto la adopta con más naturalidad. Toma forma también en premisas básicas compartidas, en un código propio de cada comunidad, junto con un modelo de comunicación que sostiene la resolución de los desacuerdos. La tensión persiste—sería ingenuo pensar que podría evitarse del todo—, y se convierte en fuerza constructiva cuando se canaliza como regeneración en vez de lucha o batalla.
Los mismos pasos que sostienen el reconocimiento de fuentes sostienen el crédito dentro de la red: nombrar el origen del saber, incluyendo lo compartido en conversación o en espacios de encuentro, y transmitirlo siempre con el nombre de quien lo generó o lo sostuvo. Puede pedirse, además, cuando aplique, que ese origen se cite de manera profesional y estandarizada, algo cercano a las normas APA o de manuales de instituciones Latinoamericanas. O puede resumirse en algo más simple: mención, contexto, reconocimiento, sin necesidad de que sea protocolizado ni punitivo. Un decálogo en forma de preguntas sobre linaje, fuente, experiencia, intuición, investigación, fundamentación podría sostener ese equilibrio entre estructura y flexibilidad, sin convertirse en reglamento.
Existe la ambivalencia de querer desarrollar una forma de certificación que permita ser reconocidas por los sistemas de salud (algo que hemos explorado rigurosamente desde 2021), sin perder la esencia de por qué se está ahí. Y existe también la desconfianza hacia exigir requisitos formales entre quienes ya comparten el movimiento, de no imponer condiciones que terminen distanciando, sino integrar. El acompañamiento puede pensarse como un gran paraguas que cobija a todos los actores, con roles diferenciados—asistir, con recursos y resultados específicos, frente a acompañar, sin un resultado específico buscado—que no compiten entre sí ni requieren un único estándar de validación.
El principio que sostiene todo
Sostener este entendimiento como comunidad es lo que nos resguarda. Es cultivarlo, protegerlo y renovarlo, una responsabilidad compartida que evita que cada quien tenga que justificarse o defenderse en soledad.
Somos eternas aprendices. Nadie ignora todo, nadie sabe todo, como nos recuerda Viviana desde lo que dijo Paulo Freire. Nada nos pertenece, como nos recuerda María Ignacia, y somos responsables de todo, como insisten Wilka, Cata y Sofía.
La muerte enseña a confiar. Moviliza todas las capas asumidas y condicionadas de miedo e ignorancia que se asumen propias. Aprovechamos esas enseñanzas para la propia convivencia, siendo firmes y respetuosas, claras y compasivas.
Tanto el crecimiento de la RedLA como el avance del movimiento es un proceso vivo. Este compromiso se revisa y renueva periódicamente, en el espíritu de crecimiento consciente y orgánico que nos orienta. Celebramos que tanta gente haya respondido y siga respondiendo a este llamado, y que cada quien esté forjando su propio camino dentro del movimiento, en comunidad.
Te invitamos a sentarte con esta pregunta: si tu escuela, tu programa o tu manera de enseñar tuviera que rendir cuentas hoy sobre su linaje, ¿qué contarías? ¿Qué protocolo, por informal que sea, ya practicas sin llamarlo así?u escuela, tu programa o tu manera de enseñar tuviera que rendir cuentas hoy sobre su linaje, ¿qué contarías? ¿Qué protocolo, por informal que sea, ya practicas sin llamarlo así?
Imagen: Brigitte Pellerin
Wilka Roig es cofundadora de RedLA, partera de la muerte, activista en el campo de fin de vida y duelo, y directora general y académica de ESFIM. A través de giras comunitarias, aprende sobre cómo estamos muriendo y dueleando en Latinoamérica para identificar fortalezas y necesidades que orientan nuestra labor.
Catalina Mahecha es cofundadora de la Red Latinoamericana de Acompañamiento en la Muerte y el Duelo (RedLA). Su labor se centra en abrir espacios de diálogo entre diferentes saberes para acompañar la muerte en su contexto.
Con contribuciones de:
Viviana Bilezker es presidente y directora de El Faro Asociación, y consejera de RedLA. Capacita acompañantes y doulas de fin de vida, asiste a personas y familias en la preparación para la muerte y trabaja con la comunidad para desarrollar la conciencia de finitud.
María Ignacia Mac-Auliffe Rosas es enfermera de cuidados paliativos con enfoque en demencias, y doula de fin de vida. Presidenta de la Corporación Red Chilena de la Muerte y cofundadora de la RedLA, educa y empodera a la comunidad para potenciar el acompañamiento comunitario en la muerte y acercarlo a los cuidados paliativos.
Sofia Plonsky es cofundadora de la RedLA y Fundadora de LiveDoula en el campo del acompañamiento en el morir y el duelo, y facilitadora del programa CareDoula para formar doulas de muerte en Latinoamérica.

