Dualidad y regeneración: la muerte en la cosmovisión andina
Uno de los principios fundamentales de la cosmogonía andina es el principio de la dualidad, que “merece ser considerada como una categoría metafísica de alto grado de abstracción” (1). Esta afirmación subraya que la dualidad no constituye únicamente una característica cultural o una forma organizativa visible en lo social, político o económico, sino un principio ontológico que estructura la comprensión misma del ser y del universo. Implica que no se trata de una oposición superficial entre elementos, sino de una lógica profunda que explica la constitución de la realidad. Su alto grado de abstracción radica en que trasciende manifestaciones concretas—como masculino/femenino, día/noche, visible/invisible—para situarse como matriz interpretativa de todo cuanto existe. Es decir, no es una dualidad circunstancial, sino condición fundamental del existir.
Es así que este principio se ve manifestado de múltiples formas, ya sea en su cultura, en su organización social, política y económica, en su expresión artística y simbólica, en la cotidianidad y, sobre todo, al momento de pasaje hacia la muerte.
En el texto, “Metáforas de la dualidad en los Andes: cosmovisión, arte, brillo y chamanismo”, Ana María Llamazares enfatiza que esta cosmovisión ve al mundo entero conformado por dualidades que se complementan como equipo, cooperación y compañerismo, buscando y encontrando el equilibrio. La realidad no surge de una unidad indivisible que luego se fragmenta, sino de la coexistencia originaria de fuerzas interdependientes: “El mundo en su totalidad es concebido como una constante dinámica de opuestos complementarios que mantiene encendida la chispa de la vida y asegura su supervivencia” (1). La dualidad no es consecuencia, sino punto de partida. La vida se sostiene precisamente en la tensión armónica entre polos que se requieren mutuamente: arriba/abajo, interior/exterior, luz/oscuridad, vida/muerte. “El origen del ser no es la unicidad sino la paridad, lo dual, lo que es y no-es al mismo tiempo” (1).
Cada elemento adquiere sentido en relación con su opuesto, y es en esa reciprocidad donde se mantiene encendida la chispa vital. Así, la diferencia no implica ruptura ni antagonismo, sino condición de posibilidad para la continuidad. Esta lógica no excluyente permite comprender que algo pueda ser y no-ser simultáneamente, ampliando la mirada lineal y binaria y abriendo paso a una comprensión relacional de los procesos vitales.
Esto entonces también se expresa en los cambios de estado como es la muerte física, pues el cuerpo al momento de morir tiene como fin ayudar a germinar la tierra y hacer de intermediario entre los dos mundos, el humano y el inframundo. En la cosmovisión andina, el mundo humano representa el plano visible y manifiesto de la experiencia cotidiana, mientras que el inframundo alude a la dimensión interior y subterránea, ámbito de gestación y transformación donde germinan las semillas y habitan fuerzas invisibles asociadas a la regeneración. No se trata de espacios moralmente opuestos, sino funcionalmente complementarios dentro del ciclo vital.
La muerte, al ofrendar el cuerpo a la tierra, establece un puente entre ambos planos. El cuerpo se convierte en mediador que nutre el inframundo, fecundando la tierra y favoreciendo la agricultura. La descomposición no se concibe como negación de la vida, sino como su transformación en fertilidad. De este modo, la práctica agrícola adquiere un sentido simbólico profundo: encarna la reciprocidad entre muerte y germinación, entre lo que aparentemente termina y aquello que vuelve a comenzar.

Placa circular de bronce. Cultura La Aguada (400-1100 d.C.) Tomado de M. Goretti (ed.), 2006: 124: Foto J. L. Rodríguez.
Un ejemplo de esto en el arte precolombino lo encontramos en las imágenes cosmológicas, que operan simbólicamente como pequeños íconos del macrocosmos, como el caso de las placas de bronce grabadas de la cultura de La Aguada del Noroeste argentino. En estas representaciones se observa con frecuencia una organización simétrica y ejes que articulan planos superiores e inferiores, sugiriendo la conexión entre dimensiones. Figuras antropomorfas y zoomorfas aparecen integradas en composiciones donde lo humano y lo no humano dialogan visualmente.
La placa, así, no es un objeto meramente ornamental, sino una condensación simbólica del orden cósmico. El macrocosmos—la totalidad del universo—se refleja en el microcosmos del objeto ritual. La dualidad se hace visible y tangible: arriba/abajo, vida/muerte, humano/sagrado convergen en una misma imagen, permitiendo reconocer que el orden del universo se reproduce en cada fragmento de la realidad.
Complementado sobre el principio de dualidad antes señalado, Bascope describe que el paradigma de la cosmovisión andina se basa en el movimiento del “ciclo vital andino” que tiene cuatro fases: creación, nacimiento, crecimiento y muerte. Si nos enfocamos en la última etapa del ciclo vital, para la cultura andina la muerte es parte de la vida y debe ser honrada, pues no es el final sino la trascendencia, la continuidad hacia otra dimensión del universo. Esta transición no se vive únicamente como experiencia personal, sino como acontecimiento comunitario que afecta y beneficia a todos. La muerte es un momento único e irrepetible en la vida del ser humano y, aunque puede generar tristeza en la comunidad, debe celebrarse un buen morir.
“La llegada de la muerte debe ser esperada y preparada de una manera muy adecuada. Podemos compartir tantas experiencias en relación a la espera de la muerte, donde se ve que ese momento es más importante que el mismo hecho de estar viviendo. Se muestra también en estas experiencias de cómo se da todo lo necesario material y espiritualmente para la llegada de la muerte” (2).
Esta preparación consciente expresa coherencia con el principio metafísico de la dualidad: morir es parte del movimiento regenerativo del cosmos. El tránsito no implica aniquilación, sino rearticulación dentro del ciclo mayor. La espera atenta y la disposición material y espiritual revelan una comprensión ampliada del tiempo y de la existencia, donde la finitud no se enfrenta con negación, sino con responsabilidad y reciprocidad.
En conjunto, estos principios invitan a recontextualizar el evento de la muerte física desde una perspectiva regenerativa. La muerte deja de ser únicamente pérdida para revelarse como pasaje, fertilización y continuidad. Tal mirada ofrece beneficios significativos: una relación menos temerosa con la finitud, una integración comunitaria más consciente del duelo y una comprensión más profunda de nuestra pertenencia a los ciclos naturales. Así, la dualidad no solo estructura la cosmovisión andina, sino que abre la posibilidad de ampliar nuestras propias perspectivas sobre la vida, la muerte y la permanente transformación que las entrelaza.
Aldana Isadora Arias Zúñiga es enfermera comunitaria en cuidados paliativos. Desde Santiago de Chile, investiga y reflexiona sobre la muerte a partir del acompañamiento directo a personas en proceso de morir.
Wilka Roig es partera de la muerte y activista en el campo de fin de vida y duelo. A través de giras comunitarias, aprende sobre cómo estamos muriendo y dueleando en Latinoamérica para identificar fortalezas y necesidades que orientan nuestra labor.
- Llamazares, A. “Metáforas de la dualidad en los Andes: cosmovisión, arte, brillo y chamanismo”. 2006.
- Bascope, V. “El sentido de la muerte en la cosmovisión andina; el caso de los valles andinos de Cochabamba”. 2001.

