Pueblos Originarios: Contenedor de la Humanidad y Duelo Simbólico de la Sociedad
Los Pueblos Originarios son el sagrado contenedor de la humanidad. Nos gusta la palabra Pueblo porque suena a un lugar conocido, a un lugar que reconoce nuestro rostro, que recuerda nuestro nombre y que nos permite habitar en él. Nos gusta la palabra Origen porque suena a que la vida quería que naciéramos.
Cuando hablamos de Pueblos Originarios, viene a nuestra mente casi de manera arquetípica la palabra ancestralidad, pero los pueblos originarios no son un vestigio ni una curaduría folklórica; son paisaje, territorio, tienen nombre propio, sentimientos propios, identidad. Los pueblos originarios eran, son, serán y están siendo; y como dice Yásnaya: “son raíz y brotes nuevos”.
Yásnaya Elena Aguilar Gil es lingüista, escritora y pensadora ayuujk (mixe) de Oaxaca, México, quien ha hecho aportes muy potentes sobre lo que significa hablar de pueblos originarios, especialmente desde la lengua, el territorio y la crítica al Estado-nación. Yásnaya dice que los Pueblos Originarios son naciones preexistentes incorporadas forzadamente a un Estado. Son sujetos políticos contemporáneos, y explica que cuando una lengua desaparece, no solo se pierde vocabulario: se pierde una forma de organizar el mundo, de nombrar el tiempo, el parentesco, la muerte y la comunidad.
Escribo este texto desde una responsabilidad ética y en coherencia con esta postura, pues romantizar originarse en un pueblo que ya perdió la memoria a punta del dolor y, al mismo tiempo, aferrarse a su génesis, no es tan sencillo como parece.
Cuando una Puebla y un Pueblo tienen pueblitos, todos los seres que habitan en él conviven en el mismo telar: los perros se parecen a las personas, las personas se parecen a sí mismos, las plantas son tiernas o espinosas y desde ahí uno va viendo cómo va a ser la convivencia. De pueblo a pueblo puede haber una diferencia tremenda en trato y formas. Todo lo que cabe en el telar habla el mismo idioma, canta en la misma lengua. No es cosa de antes que los graniceros llaman a la lluvia, que las mujeres hablan la lengua del río (si es que queda alguno); que los hombres y las mujeres saben silbar en la lengua de las aves, de los reptiles, de los anfibios; todos hablamos el mismo idioma, porque no estamos separados el territorio, este es el espacio de vida y relación, esto es la comunidad.
Pero esta no es la realidad de la mayoría; querer no es poder. El poder no sirve de nada si nos sentimos no pertenecientes al núcleo familiar, no identificados con nuestro barrio o ciudad, si constantemente nos resentimos ajenos al tiempo y espacio que habitamos.
Los hijos no reconocidos de los descendientes de otros pueblos originarios que murieron, vivimos heridos del borrado. Se nace y se muere sin memoria de origen. Así que vamos por ahí como huérfanos sin saber de dónde venimos, cuál es nuestro continente, nuestro contenedor, nuestros contornos, nuestra cuenta del tiempo, nuestra voz, nuestro sonido. Vamos por ahí como almas en pena queriendo encontrar un “lugar común”, por si acaso somos merecedores del instrumento, el idioma, la curandería, los ritos, el dibujo del Pueblo. Nos queremos encontrar a nosotros mismos en Ella, que es el la Puebla como Matria, Origen-matrística, Hogar, Casa y Refugio.
Somos errantes, nómadas; no sabemos lo que estamos buscando porque no recordamos lo que perdimos. Nosotros, los No-Originarios, somos el resultado de la interculturalidad que continúa buscándose a sí mismo, a sí misma, en Ello que es lo Original, como sinónimo de lo Verdadero: este es el duelo simbólico común.
El despojo persiste aunque queramos llamarnos Mestizos (madre indígena y padre europeo, del sistema colonial de castas de la Nueva España), porque no es lo mismo tener ancestras indígenas, que pertenecer a un Pueblo Indígena actual: la pertenencia la otorga la comunidad, no el deseo.
El Estado mexicano convirtió el mestizaje en identidad nacional, especialmente después de la Revolución, promovido por figuras como José Vasconcelos con su idea de “la raza cósmica”. Entonces el Mestizo y la Mestiza son proyectos de nación planificados con un eje geopolítico y hegemónico que, nuevamente borra a los pueblos y a sus habitantes originales, para imponer por encima de su naturaleza una ideología política e identitaria. Pronunciamos Originario, para decir Originales, Auténticos, Legítimos. Ahí es entonces cuando uno reconoce la batalla, la resistencia, la persistencia, la lucha: por el idioma, la semilla, el territorio, el arte, la artesanía, la comunidad, el origen y el pueblo.
El humano desmemoriado es maestro del autoengaño, más todavía cuando queremos justificar el hambre de Origen y el Vacío de Pueblo. Nos cubrimos con el manto del mestizaje, cuando en realidad la pregunta que nos hacemos es: ¿De dónde vengo? ¿Qué parte de mi historia fue borrada? ¿Qué herencia habita en mi cuerpo aunque no tenga idioma ni comunidad? Y parece que el único origen es el duelo.
En este punto podemos elegir ser los colonos, los invasores, los gentrificadores, los que hablan cómodamente un idioma extranjero en la tierra otrora esperando que sean ellos quienes aprendan nuestra palabra, porque el sistema de castas, la idea de la clase dominante, no se ha desinstalado de la psique. O autoengañarnos y hacerle creer al cuerpo que somos Pueblo y Origen.
Como yo lo veo es que nos toca asumir el duelo social de ser los hijos bastardos del padre ausente como Patria, y la Madre herida como Matria, sin pueblo y sin origen.
Nos gusta hablar de Pueblos Originarios porque nos hace sentir que podemos recordar, que podemos identificarnos, que podemos ser pertenecientes; nos hace sentir que podemos elegir a nuestros padres y a nuestros abuelos. A veces así se siente. A veces sí nos adoptan, a veces sí nos enseñan, a veces algún sobreviviente se compadece. A veces nos eligen. Pero el duelo es real, está latente y habla a través de una sociedad herida de génesis, como un niño que busca con fervor su nombre como lenguaje de amor.
Es tremendamente doloroso si vamos al vacío de origen en ese borrado. No se trata solamente de la respuesta al trauma; sí, claramente estamos disociados, fragmentados, y es todavía más complejo: si la comunidad es extraída del territorio, y el individuo de la comunidad, el Uno, que es el Individuo, no puede por más que lo intente, ser el Todo de la Común Unidad. El Yo queda sobredimensionado, desamparado, desamparada. Hay un flujo de vida que estaba destinado a ser legado y herencia, pero que fue interrumpido; es urgente que este flujo sea regenerado desde un lugar diferente.
Nuestro duelo de Origen se manifiesta con nostalgia difusa, con romanticismo de recuerdos impersonales, con apropiación simbólica, con la hiper estética. Nos confronta a soltar la búsqueda y asumir tal borrado como un trauma colectivo en el campo morfogenético de ese cuerpo llamado Pueblo, ergo practicar la rendición. Ese mismo duelo simbólico nos lleva a estados iniciáticos de creatividad, a fundar nuevos rituales, nuevas tradiciones sin usurpación. Nos podemos conceder eso.
La carne humana también es territorio y puede ser de todas maneras un bálsamo para los huérfanos de pueblo y origen, ya que sin los contenedores, nos queda hacer grupo y manada con los niños perdidos, formar alianzas y crear comunidad. Crear nuevas formas de vivir y de relacionarnos con el mundo, con la vida y con la muerte; pero el primer paso es reconocerlo.
Para conocer la génesis de un pueblo, hay que ir a las cavernas y a los huesos, preguntarles a los restos, a los historiadores, a los científicos, a las antropólogas, a las abuelas, a las personas con memoria, a los libros antiguos (códices y glifos); todos ellos revelarán que nunca existió la raza pura, y que los pueblos han sido células destinadas a caminar, mutar e hibridarse; de lo contrario, los volvemos pueblos fantasma, pueblos imaginarios, pueblos míticos, y leyendas sumergidas en el océano o en nubes esotéricas, delineadas con discursos nacionalistas y políticos.
Niamei Romero es guía de ritos de paso, practicante de medicina Ancestral mexicana y Muertera.
- Aguilar Gil, Y. E. (2020). Ää: manifiestos sobre la diversidad lingüística. Almadía.
- Basave Benítez, A. (1992). México mestizo: Análisis del nacionalismo mexicano en torno a la mestizofilia. Fondo de Cultura Económica.

