La salud ancestral mapuche y los cuidados paliativos
El encuentro entre dos medicinas
En mis más de 17 años de trabajo en cuidados paliativos en el Hospital Hernán Henríquez Aravena de Temuco, Chile, he sido observadora, colaboradora y puente entre dos sistemas de salud que encuentran, precisamente en el buen morir, un espacio de diálogo e integración más profundo que en otros momentos de la vida.
Entiéndase en este contexto el buen morir como la cosecha de la vida, atravesar el canal del parto hacia otra dimensión, devolver las vestiduras para volver al origen desnudo, limpio y puro, acompañado de nuestros afectos y nuestra historia. Y que si sentimos que tenemos algo que resignificar, que quienes nos acompañan nos lo faciliten. El buen morir se define de manera subjetiva para cada persona en su proceso, de manera que honra y apoya su morir como un acto sublime, rítmico, lento, cadencioso, íntimo.
Comparto, desde mi experiencia, lo que he aprendido en estos encuentros de saberes.
La salud ancestral, tal como la he comprendido, es:
1. Espiritual: la enfermedad no es solo un proceso fisiológico, sino un desequilibrio de newen (energías) y del entorno.
2. Comunitaria: el proceso de morir involucra al territorio. El acompañamiento numeroso es vital para dar fuerza a quien transita.
3. Complementaria: no excluye el saber occidental, sino que dialoga con él para ofrecer dignidad.
4. Preventiva: busca evitar la transgresión de rituales que podrían afectar la ascendencia o la descendencia.
Lengua, cuidador y comunidad
Uno de los primeros aspectos que llamó mi atención fue la importancia que adquiere la lengua materna, o lengua de origen, cuando una enfermedad transforma la vida.
El cáncer avanzado, enfermedad winka (no-mapuche), es explicado desde las comunidades como un mal o un desequilibrio que no afecta solo al individuo, sino también a su entorno, a su territorio y a las energías que lo rodean. A su vez, el enfermo necesita su cultura para sobrellevarla.
En este contexto, el guardián del enfermo, su cuidador, asume un rol fundamental. No solo facilita la comprensión entre visiones distintas de ambas medicinas, sino que traduce una lengua que se expresa en conceptos integrales. No se trata de palabras que puedan trasladarse una a una, sino de una forma completa de entender la vida desde otra mirada. El cuidador integra, comparte y facilita la comunicación para respetar los deseos del enfermo, esclarecer sus dudas y acompañar amorosamente un proceso tan significativo.
Cuando se genera un canal de comunicación fluido, emerge con fuerza la comunidad. No solo la familia directa, sino todas las personas que, consanguíneas o no, se reconocen parte de un territorio. Ellas construyen la fuerza necesaria para acompañar, tanto cuando el enfermo visita a la machi (autoridad espiritual y sanadora) en su rehue (altar sagrado), donde ella ofrece su saber y realiza sus rogativas, como en los cuidados en casa.
Recuerdo que una vez un cuidador me preguntó cuánto tiempo quedaba para el fallecimiento de su hermano. Necesitaba convocar a todas las personas necesarias para acompañarlo; algunas vivían en otras ciudades. “Aquí, entre más somos, mejor para el enfermo”, me dijo.
La muerte como tránsito
En esa frase se condensa la visión de la muerte para el pueblo mapuche. El enfermo requiere la fuerza de la comunidad para encaminarse hacia otra vida, dejar su sufrimiento y transitar por otros espacios, desde los cuales algún día volverá reencarnado en un nieto o familiar. Para ello se necesita mucha newen, de modo que no equivoque su camino.
Por eso el velatorio dura cuatro días y tres noches. Transgredir este ritual puede traer implicancias para el ascenso del alma, su descendencia o la comunidad. Durante esos días se reúnen para despedir el cuerpo, honrando la vida completa de la persona: lo luminoso y lo difícil. La reunión gira en torno a compartir la comida y recordar lo que la persona valoraba, aquello que le ayudó en su tránsito por esta vida. El cuerpo se orienta hacia el mar, para que el alma siga el curso de las aguas hacia su origen.
La naturaleza es aliada esencial en la vida del pueblo mapuche y es respetada como un ser más. Todo en ella posee espíritu y contribuye al desarrollo de la vida con la misma relevancia que la vida humana.
En la vida, en el tránsito y después de la vida, los peumas (sueños) también cumplen un papel relevante. Son señales que orientan decisiones y esclarecen situaciones importantes, especialmente en momentos trascendentales como la muerte.
Cuando ambas medicinas se encuentran
Una de las experiencias más significativas para mí ocurrió cuando ambas medicinas pudieron actuar en el momento justo para acompañar a una persona en su partida, su parto, hacia otra dimensión. En esa ocasión, la machi realizó la rogativa, cubrió a la persona con lawen (hierbas medicinales) y, una vez concluido el rito, el equipo de cuidados paliativos inició la sedación paliativa.
Fue un momento de profundo respeto, dignidad y acompañamiento. Un momento de honrar la vida.
Podría relatar muchas otras experiencias, pero siempre serían apenas una pincelada frente a la complejidad con que un pueblo comprende la vida y la muerte.
Por ello, me declaro una persona dispuesta a entregar mis conocimientos con el respeto que merecen las personas del territorio donde he decidido trabajar, en un ámbito que me permite crecer en lo personal, familiar y profesional: los cuidados paliativos.
Justicia cultural y buen morir
Lo compartido nace de la admiración hacia un pueblo que ha sostenido su fortaleza cultural a lo largo del tiempo.
Este modelo de atención demuestra que el buen morir es también un acto de justicia cultural. El respeto por el territorio, la lengua y la espiritualidad del paciente no son complementos de la medicina: son elementos esenciales de una terapia del alma que permite una partida digna y en paz.
“La muerte es un parto hacia otra dimensión.”
Dra Rossana Betancur Escobar es médica familiar y paliativista, presidenta del departamento de salud intercultural y colectiva, Colegio médico de Chile.

