Los movimientos nacen y mueren: Reflexiones desde adentro
Antes de que existiera un movimiento, existía una práctica. Y antes de la práctica, existía la naturalidad y el instinto innato de acercarse a quien entraba en su proceso de morir.
Lo que surge antes del nacimiento de un movimiento nos incumbe si pretendemos fortalecerlo, porque ahí está su concepción y los orígenes de ella. Desde esos gestos sin forma todavía, esas presencias sin comunidad intencional que se percatara de ellas, se gestó todo lo que ahora empieza a tomar forma. Observar con detenimiento lo que estaba ahí desde antes, desde algún principio en medio de una historia aún más larga y más antigua, pudiera revelarnos algo de este nuevo comienzo en medio de la historia de nuestro movimiento.
Estoy convencida que el mundo invisible y el visible danzan en constante interacción y lo manifiesto siempre es resultado de un impulso del espíritu misterioso respondiendo a una necesidad evolutiva de la conciencia colectiva. La muerte, el duelo, el cambio son inherentes a la vida misma. No hay nada extraordinario allí. La conciencia humana ha venido explorando su vínculo con el nacer y el morir en un heroico intento de asimilar estas realidades y ha producido ideas, conceptos, mapas, técnicas y recursos para afrontarla.
Las comunidades humanas vienen conteniendo estos fenómenos desde siempre y han generado rituales, magias y encuentros en un intento de abrazar estos misterios en forma colectiva, casi como un refugio ante la inmensidad de estas verdades.
Quiero contarles algo de mi historia personal porque la encuentro profundamente ligada a la historia del movimiento para la evolución del acompañamiento en la muerte y el duelo en nuestra región.
En 1991 descubrí un grupo que acompañaba a personas con VIH y SIDA con una visión conocida como “sobrevivientes a largo plazo”, es decir, casos que habían desafiado la expectativa de vida anunciada y que llevaban viviendo entre tres y cinco años después del diagnóstico. ¿Qué tenían en común esas personas? Habían realizado cambios significativos en sus vidas, reconsiderando su alimentación, practicando la meditación, entrando en consciencia de su responsabilidad en su proceso.
Empecé a acompañar a personas en fin de vida como voluntaria. Por primera vez en mi vida fui testigo del proceso de fin de vida de una persona, de su muerte y de las reacciones de su entorno significativo. Casi todas esas muertes sucedían en contextos de sufrimiento extremo, una combinación de terror a la muerte, falta de comunicación intrafamiliar, equipos médicos desconcertados, y más.
Cuando miré más de cerca empecé a distinguir sutilezas: que el miedo y el rechazo a la muerte atraviesan horizontal y verticalmente a todos los que intervienen, que ni siquiera la formación académica de los profesionales de la salud los asiste a la hora de estar cuando alguien muere. ¿Qué se ofrecía en cambio? La mentira, la falsedad, la negación, la hipocresía de una comunidad no preparada para lo que le toca vivir.
Mi pregunta esencial fue, y sigue siendo: ¿Es ésta la única manera de llegar a la muerte?
Ese mismo año visitó Argentina la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, quien dio una conferencia en el aula magna de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Durante cuatro horas habló sobre la vida, la muerte y la transición. En esa reunión afirmó directamente que el SIDA se cura y también que el paciente es el dueño de su vida (y su muerte).
Y ese mismo año llegó a mi vida Ram Dass, un maestro del acompañamiento, discípulo y amigo de Elisabeth, quien “me contó” varias verdades fundamentales:
- La muerte no es una tragedia
- La muerte es vida
- La muerte tiene su ley
Esta última me produjo el sacudón más fuerte. La ley de la muerte, el orden de la muerte, la lógica de la muerte no son controlables por nosotros los seres humanos. La muerte sabe y funciona acorde a ese saber, y nosotros, pequeños gigantes humanos, sólo podemos contemplarla y atestiguar su manifestación.
Entré en crisis y me viví todas las famosas—y hoy día destiladas—etapas de Elisabeth en unos meses. Hasta que un día me rendí. Entendí que si no incluía el misterio y el no saber en la ecuación no iba a poder acompañar a personas en su proceso de morir. Y entendí algo más: que la humanidad entera está recorriendo este camino de descubrimiento con todos los intentos útiles e inútiles de comprender e incluir a la muerte en su devenir. Ese simple hecho ya me hacía, y me hace, parte de ella.
Ram Dass “me dijo” algo más, “es suficiente ser un ser humano para poder acompañar a otro ser humano en su camino hacia la muerte.” ¡Eureka!
Fue una gran vivencia iniciática. Yo ya había incursionado en la Psicología transpersonal de la mano de mi maestro Norberto Levy (va a aquí un homenaje a su vida), y ya había hecho la formación oficial en Cuidados Paliativos. Desde aquel inicio en 1991, y hasta el 2003, yo había leído cuanto libro y artículos se me cruzaran por delante sobre la muerte, la asistencia en el morir, los rituales y las prácticas conocidas, y todo lo relacionado al tema. Descubrí que en Oriente hace miles de años se hablaba y pensaba y actuaba naturalmente con la muerte (¿sería así en Latinoamérica?) y que la conciencia evoluciona en el momento en que incluye a la muerte como fenómeno de la vida.
En esta revisión, se comienza a revelar un orden natural de lo que va evolucionando. Desde un cuerpo que entra en su proceso de morir a la presencia que esto convoca, la experiencia que nos brinda. Después los libros, las conexiones con quienes también se relacionan con esa experiencia, la motivación a encontrar estructura y protocolo para validar la experiencia. Es el carácter de la propia constitución de un movimiento.
En 2003 me ofrecieron ser parte de una organización dedicada al Acompañamiento en fin de vida. Me pareció un milagro, y mi alma docente se regocijó ante la posibilidad de crear una capacitación inédita. Amé la tarea y durante cinco años ese curso formó los primeros acompañantes en fin de vida en Argentina. Fui generadora, gestora y transmisora de esos saberes. Vi grupos enriquecerse y movilizarse ante propuestas como imaginar tu muerte deseada y tu muerte temida, explorar tu historia vincular con la muerte, escribirle una carta a tu yo moribundo del futuro, descubrir tu cosmovisión personal y tantas más.
Yo había aprendido algo esencial, que es que todo lo que nace, muere. Y esa organización llamada Acompañar que nació en 2003, murió en 2007. Y como sucede con la muerte, que impulsa un duelo, del duelo de Acompañar nació El Faro. Cada iniciativa que deja de existir en una forma, se transforma en parte de la larga historia y en el referente de lo que se manifiesta después. Recogí las semillas de esos frutos y junto a tres personas entusiastas fundamos una nueva organización cuyo destino se sigue escribiendo hasta hoy (y hasta su muerte).
Desde mi comienzo en este camino, hasta el año 2023, yo ignoraba qué más sucedía en este ámbito en la región. No veía, no escuchaba acerca de otros espacios o personas afines. Y un día un alumno residente en Quito me presentó a Sofía Plonsky, y ella me contó de la idea que comenzaba a tomar forma de generar una Red. Así me invitó a Quito, donde se celebraba el primer encuentro de la RedLA, y conocí a Wilka Roig, a Catalina Mahecha, a María Ignacia Mac-Auliffe, a Ken Ross, hijo de Elisabeth, y a Douglas Simpson de INELDA. No lo podía creer; recibí tanto para asimilar. Ahí estaban estas hermanas y hermanos de camino, colegas, acompañantes y amigos de la muerte y sus múltiples facetas.
Lo que genera un movimiento auténtico coincide, converge. Yo me aventuré por décadas sin darme cuenta que mi labor formaba parte de algo, y este algo empezaba a reconocerse a sí mismo.
En retrospectiva veo que todo lo que hice, lo que sentí y lo que pude plasmar fue siempre parte de una red. Una red invisible para mis ojos pero visible para otro nivel de conciencia que fue llamando y tocando almas para despertarlas a generar esto espacios de exploración, de encuentro, de intercambio.
Y aquí quiero citar a Norberto Levy (citando a Pat Rodegast citando a Emmanuel):
No hay viaje más sagrado, no hay nada más valiente que la voluntad de estar presente en este mundo en nombre del Amor.
Y agregaría como gran desafío que la muerte es una expresión del amor. No lo dudo. A veces nos duele tanto que no podemos ver allí amor.
Stephen Jenkinson es mi maestro en la vejez. Dice Stephen, “el miedo a la muerte no existe. Está culturalmente inoculado”. No sabemos morir aunque la muerte sabe de sí misma lo que nuestra conciencia no puede captar. Y el duelo es un estado de conciencia que contiene procesos.
Y sin embargo, ese saber no se queda en una misma. Desde cada persona que se sintió llamada a encontrar, una comunidad salió a buscar a quienes más le pertenecía, y ahora empieza a entenderse a sí misma, cómo pide funcionar, qué requiere de quienes reúne.
Como comunidad de acompañantes y doulas de fin de vida estamos generando un camino de encuentro. De diversos lugares vamos llegando a los centros que nos convocan año tras año. Traemos nuestras miradas, nuestras convicciones, nuestras dudas, nuestras propuestas. Hoy somos individualidades o grupos separados, cada cual con su particularidad. Y el movimiento nos pide fortalecernos como sistemas genuinos, atravesar los desafíos de la competencia, la rivalidad, el miedo al no reconocimiento, a la no pertenencia. Nuestro futuro es Red, es tribu, es conciencia y sabiduría colectiva sin disolver lo propio. La muerte está en el centro porque la Vida nos convoca.
Las Doulas, los acompañantes ya existen en el plano sutil, arquetípico. Nos toca revelarlo, manifestarlo. Por eso y para eso nos encontramos.
La pregunta guía cada vez que nos saludamos pudiera ser: ¿Qué has descubierto en este tiempo acerca del morir? ¿Qué quieres entregar a esta comunidad aprendiz para nutrir la conciencia colectiva? Cada uno de nosotros, cada grupo, cada organización está al servicio del saber colectivo.
Y también digo: nuestro movimiento contiene a la muerte—su nacimiento es también una muerte. Cada vez que creamos una organización, un curso, una red, un método, estamos ya en el proceso de desaparecer. Nuestro movimiento no es sólo un proyecto por construir, sino un ritual en curso. No estamos generando el acompañamiento, sino siendo hechos por él. No sólo somos los sujetos del cambio, sino los receptores de una transformación que nos atraviesa.
El movimiento debe mirar de frente a su propia transitoriedad. Podemos trabajar en pos de consolidarnos, expandirnos, incluso institucionalizarnos. Pero no olvidemos que cada día, a cada momento algo muere y eso sucede también dentro de nuestra comunidad.
La pregunta para hacernos sería: ¿Qué pasaría si dejáramos de querer que esto dure y alojamos la inevitable muerte cada vez que nos encontramos? ¿No sería esa nuestra esencial enseñanza? ¿Cómo cultivamos nuestra muerte en forma consciente?
¿Qué pasaría si aceptáramos que cada encuentro, cada organización, cada red es efímera por diseño, y que su valor no está en su permanencia, sino en su capacidad de morir bien?
¿Y si lo que necesitamos no es sostener, sino soltar?
El movimiento aún no sabe que su mayor poder no está en su existencia, sino en su capacidad de desaparecer con amor. Que así como acompañamos a los cuerpos a dejar la vida, también debemos acompañar a nuestras ideas, a nuestras organizaciones, a nuestros sueños, a dejar de existir. Porque solo en ese acto de morir bien, algo nuevo—auténtico, no planeado—puede nacer.
Nunca será un fracaso, será en todo caso una celebración de la vida. Cada vez que nos encontremos, morirá lo que trajimos y nacerá lo nuevo co-creado con las demás personas. Lo que se ve desde aquí, desde este tiempo y esta práctica, es que cada movimiento nace y muere y renace antes de reconocerse como movimiento. Y esto nos asegura de que lo que lo sostiene, así como la vida sostiene la muerte y la muerte sostiene la vida, es respetar su naturaleza,
En vez de enfocarnos en ¿cómo sostenemos esto?, consideremos ¿cómo morimos en cada instante de encuentro, para que la conciencia colectiva siga viva?
Imagen: alameen .ng
Viviana Bilezker es presidente y directora de El Faro Asociación, y consejera de RedLA. Capacita acompañantes y doulas de fin de vida, asiste a personas y familias en la preparación para la muerte y trabaja con la comunidad para desarrollar la conciencia de finitud.

