¿A quién reemplaza el rol de doula? Contexto, crítica y genealogía en América Latina
El 90% de las personas en América Latina sigue muriendo sin acceso a medicamentos ni a cuidados paliativos. Quienes mueren lo hacen en casa, en hospital o en unidades de cuidados intensivos. En estos casos, no se siguen las recomendaciones ni los protocolos de cuidados paliativos para el final de vida. Detrás de cada una de esas muertes hay una persona sin acompañamiento adecuado y una familia que sostiene el proceso sin orientación.
Sin embargo, las críticas se centran últimamente en el rol de quienes acompañan en casa y de quienes acompañan como doulas. Estas personas llenan vacíos en los márgenes donde muchas veces no llegan los cuidados sanitarios y médicos, o complementan la atención sin protocolos en hospitales donde todavía no existe un entendimiento básico de lo que es el proceso de morir y los protocolos para acompañarlo. En Estados Unidos y en otros países del norte global—es decir, economías de altos ingresos con sistemas de salud consolidados, en contraste con el sur global, donde la cobertura sanitaria suele ser parcial o inexistente—se ha venido juzgando el rol de doulas por no entenderse su función dentro del sistema sanitario ya existente.
El punto de partida cambia todo el análisis
Las críticas que circulan sobre doulas en Estados Unidos y otros países del norte global parten de un supuesto implícito: existe un sistema de cuidados paliativos robusto, protocolizado, con cobertura amplia, y el rol de doula opera como actor adicional dentro de ese ecosistema ya consolidado. Bajo ese supuesto, preguntas como “¿dónde termina el rol de doula y dónde empieza el de enfermería? ¿En qué se diferencia el rol de doula del de voluntariado?” tienen sentido, porque existe un sistema de referencia contra el cual medir el desborde.
En el caso del sur global, donde los cuidados paliativos ni siquiera han conquistado al sistema de salud, ese sistema de referencia simplemente no existe. El dato citado arriba confirma esta realidad, y en los pocos casos donde sí hay contacto con el sistema sanitario, los protocolos de fin de vida tampoco se aplican de forma consistente. Quien desempeña el rol de doula en el sur global llena un vacío estructural, previo incluso a la discusión sobre superposición de roles que domina el debate en el norte.
Quiénes desempeñan el rol de doula en América Latina en este momento de la historia, y qué se puede juzgar
Entender el rol de doula en América Latina requiere mirar los distintos escenarios donde acompaña, porque cada uno arrastra su propia lógica y su propio riesgo de ser malinterpretado.
– En las ciudades: aliada para informar sobre las opciones al final de la vida
En los centros urbanos, el rol de doula sirve con frecuencia como puente hacia el sistema formal de salud. Educa a las familias sobre las voluntades anticipadas, evita en muchos casos que el mismo sistema sanitario intervenga de forma innecesaria, salvaguarda la voluntad de quien muere frente al mismo sistema de salud. Informa sobre las opciones de cuidados paliativos disponibles y remite activamente a las personas hacia esos servicios cuando existen. Trabaja en colaboración con equipos médicos, ocupando el espacio de acompañamiento continuo y humano que la estructura hospitalaria rara vez tiene tiempo de sostener. Aquí el rol de doula funciona como articulador y aliado: conecta a la familia con recursos que de otro modo permanecerían invisibles o inaccesibles por desconocimiento. Este es un rol fundamental en un continente donde apenas se están consolidando los cambios culturales necesarios para una cultura de muerte diferente.
– En hospitales y unidades de cuidados intensivos: doula como defensora
Dentro de estos espacios, el rol de doula llena un vacío educativo que el personal médico, sobrecargado y enfocado en lo clínico, no siempre puede cubrir. Sostiene el acompañamiento emocional y espiritual que ningún protocolo hospitalario contempla como prioridad. Su función se vuelve también una labor de defensa y abogacía, negociando espacios apropiados para el momento final, logrando flexibilizar restricciones de horario de visita, defendiendo la dignidad del proceso de morir frente a una institución diseñada primero para curar y solo después, casi como excepción, para acompañar la muerte. Esta labor nace precisamente de la ausencia de protocolos claros de fin de vida dentro del propio sistema hospitalario.
– La genealogía comunitaria: el escenario más profundo
El escenario más complejo, y el que da al término “doula” su significado más profundo en el contexto latinoamericano, recupera una genealogía mucho más antigua que la profesión misma. Doula, en este sentido, nombra un espacio que permite salir a la luz a las cuidadoras y a los personajes comunitarios que han sostenido la muerte y el duelo desde mucho antes de que el sistema sanitario existiera en su forma actual. Guías espirituales, muerteras, mortajeras, cuidadoras que han visto morir a personas de la comunidad y la familia, allegados que simplemente saben qué hacer en el momento del último aliento. Todas estas figuras han actuado durante generaciones en los márgenes de un sistema de salud precario, sin protocolo escrito, sin certificación, sin reconocimiento institucional, sosteniendo con saber empírico y comunitario lo que el sistema nunca llegó a cubrir.
Entonces, ¿con qué autoridad se les exige ahora a estas figuras que sigan protocolos diseñados en otro contexto, para un sistema que nunca las convocó ni las formó? Aquí aparece la tensión central del juicio contemporáneo sobre el rol de doulas en Latinoamerica. La crítica que exige estandarización llega después, no antes, del trabajo comunitario que sostuvo este acompañamiento durante generaciones.
En un primer intento de tender un puente entre ese saber comunitario ancestral y la necesidad real de crear mínimos de seguridad y consistencia, surgen las escuelas de doulas. Su aparición marca un punto de encuentro entre dos lógicas distintas: la sabiduría empírica transmitida de generación en generación y la construcción, apenas incipiente, de un marco compartido de formación.
Las lecciones que sí aplican
Algunas críticas del norte global tienen valor independientemente del contexto. La necesidad de claridad en el alcance del rol—qué hace una doula, qué no hace, cuándo deriva a atención médica—protege tanto a la persona acompañada como a quien acompaña. La documentación de resultados y la construcción de evidencia sobre el impacto del acompañamiento fortalecen la legitimidad del rol frente a cualquier sistema de salud, sea robusto o precario. La formación con estándares mínimos, aunque no tenga que calcar los modelos certificadores del norte, da consistencia a la práctica.
Las lecciones que necesitan traducción, no importación directa
El eje de la crítica sobre “medicalización versus desmedicalización” del acompañamiento asume un sistema médico que ya está presente y que hay que negociar o resistir. En gran parte del sur global, sobre todo en zonas rurales o periféricas, predomina el problema inverso, que es la ausencia casi total de acompañamiento médico especializado en el proceso de morir. Trasladar sin ajuste ese debate genera un desfase: el rol de doula en Latinoamérica termina defendiéndose de una acusación de invasión de terreno médico cuando en la práctica sostiene un espacio que nadie más sostiene.
Algo similar ocurre con el debate sobre profesionalización y regulación estatal. En países del norte, la pregunta gira en torno a licencias, seguros de responsabilidad civil y colegios profesionales. En el sur global, donde los sistemas de salud pública ya están sobrecargados y con brechas estructurales de acceso, una regulación mal diseñada podría cerrar la única vía de acompañamiento digno que tienen comunidades enteras. Aquí la pregunta central cambia de forma: en vez de “¿cómo restringimos el rol de doula?”, conviene preguntar “¿cómo fortalecemos y visibilizamos un rol que ya está sosteniendo lo que el sistema no sostiene, y encontramos los puntos de diálogo?”
Vale mencionar, además, que no toda crítica hacia el rol de doulas en Latinoamérica viene importada del norte. También existe escepticismo local—desde el propio sistema médico, desde instituciones religiosas, desde marcos regulatorios en formación—y merece su propio análisis, distinto del que aquí se traza para el debate importado.
Una tensión que vale la pena explorar
Existe una diferencia real entre acompañar en los márgenes de un sistema que funciona parcialmente y acompañar en la ausencia casi total de sistema. La primera situación exige articulación con protocolos existentes. La segunda exige, muchas veces, que la persona misma que desempeña el rol de doula construya criterios mínimos de seguridad y cuidado ante la falta de referencia clínica cercana. Reconocer esta diferencia da margen para defender el rol de doula en Latinoamérica sin caer en un relativismo que ignore los riesgos reales de acompañar sin ningún marco de seguridad.
La cuestión que aterriza la discusión
Cuando alguien importa el debate del norte global a la conversación latinoamericana sin ajustarlo, conviene señalar el dato estructural primero, que es que la comparación solo tiene sentido si los sistemas de referencia son comparables. Humanicemos y aterricemos, ¿a quién reemplaza el rol de doula en cada contexto? En Estados Unidos, potencialmente reemplaza o se superpone con actores del sistema de salud. En gran parte del sur global, reemplaza el vacío absoluto.
Lo que proponemos desde la RedLA
Juzgar el rol de doula en Latinoamérica con la misma vara que al rol de doula del norte global es medir dos realidades distintas con una sola regla. Donde el norte discute la superposición de roles dentro de un sistema que funciona, el sur discute la presencia o ausencia total de acompañamiento. De esa distinción se desprende todo lo demás: qué críticas vale la pena escuchar—claridad de rol, documentación, formación mínima—y cuáles necesitan traducirse antes de aplicarse, como la medicalización y regulación estatal.
Detrás de esta discusión sigue estando la persona que muere sin protocolo, sin medicamento, sin acompañamiento sistemático, y la familia que la sostiene sin más herramienta que su propio saber. Ese es el punto que no se puede perder de vista al importar un debate ajeno a nuestro contexto.
Antes de trasladar una crítica de un sistema a otro, proponemos considerar ¿a quién reemplaza la doula en el sistema que tú conoces? Invitamos a quienes acompañan procesos de fin de vida en la región—doulas, cuidadoras, acompañantes, personal de salud, comunidades—a responder esa pregunta desde su propio contexto y a sumarse a esta conversación en comunidad.
Imagen: ROCKETMANN TEAM
Catalina Mahecha es cofundadora de la Red Latinoamericana de Acompañamiento en la Muerte y el Duelo (RedLA). Su labor se centra en abrir espacios de diálogo entre diferentes saberes para acompañar la muerte en su contexto.

