Cuidando saberes: actuando con coherencia

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Cuidando saberes: actuando con coherencia

Parte 1 de 3: La práctica vivida

Lo que nos convoca

El conocimiento que circula en la RedLA nace de un linaje colectivo: encuentros, conversaciones, talleres, maestras y maestros que nos formaron o nos inspiraron, y la experiencia directa de acompañar la muerte y el duelo una y otra vez. Ese conocimiento sostiene a la red entera, y al mismo tiempo empieza a tomar forma en modelos de acompañamiento, cursos, certificaciones y programas que ofrecemos de manera individual, dentro y fuera de la red.

Este artículo en tres partes busca abrir una exploración colectiva sobre cómo cuidar ese conocimiento compartido a medida que se convierte en propuestas de abordaje y formaciones propias. Nos convocan cuatro preguntas centrales:

  • qué valores sostienen el linaje que estamos cultivando en conjunto;
  • qué responsabilidad asume quien se auto reconoce y enseña contenido de calidad derivado de este linaje colectivo;
  • quién y cómo puede servir en revisión de pares de ese contenido antes de que llegue a más personas; y
  • qué compromisos debería asumir alguien que propone un modelo, monta una escuela, una diplomatura o un programa basado en el conocimiento que ha circulado dentro de la red.

Proponemos caminos para crear modelos de acompañamiento y formaciones claras, honestas respecto a sus linajes y transparentes en sus marcos teórico-prácticos.

Qué es un linaje: diversidad de origen, un mismo llamado

Acompañar la muerte es una capacidad que todas las personas poseemos; proviene de la experiencia vivida y del cuerpo. Al acompañar surge la necesidad de un espacio que nombre y valide esa práctica, que la legitime y que alivie la sensación de aislamiento. Cuando encontramos comunidades afines a nuestros valores, no siempre reconocemos la dimensión de esa afiliación. El desafío está en identificar que ya pertenecemos a una escuela, a un linaje, a un cuerpo colectivo en evolución. Pero al pertenecer, a veces tendemos a universalizar, y el riesgo más grande es dar por sentado que lo que una vivió se puede imponer en otras, sin dar espacio a más.

El término doula recupera una genealogía muchísimo más antigua que la profesión. Nuestro artículo, El movimiento de doulas de muerte en América Latina: una breve historia reconoce el término como un espacio que permite reconocer a las cuidadoras y personajes comunitarios que han sostenido la muerte y el duelo desde mucho antes de que el sistema sanitario existiera en su forma actual: muerteras, mortajeras, guías espirituales y religiosas, cuidadoras que han visto morir a miembros de su familia o comunidad, seres allegados y miembros de la comunidad que simplemente saben qué hacer, dejarse guiar, hasta el momento del último aliento y después. Estas figuras han actuado por generaciones en los márgenes de un sistema de salud precario, sin protocolo escrito, sin certificación, sin reconocimiento institucional, sosteniendo con saber empírico y comunitario, desde la naturaleza humana, lo que el sistema nunca llegó a cubrir. Ese saber circuló durante siglos sin peretenecer a nadie—o perteneciendo a toda persona—transmitido de cuerpo a cuerpo, de comunidad a comunidad.

La muerte y el duelo, y su acompañamiento, son fenómenos naturales y contextuales, que se heredan. Identificamos múltiples abordajes, modelos y metodologías de acompañamiento, a los que llamamos linajes. Los cuidados paliativos y el enfoque medicalizado constituyen uno de ellos, de los más recientes, que nacieron en un contexto cultural y moral específico, y hoy se enseñan como neutrales y universales, un gesto que pareciera borrar otras tradiciones y convierte una práctica situada en protocolo y estándar global.

La labor como doulas y acompañantes implica reconocer y, cuando es posible, preservar estas tradiciones, o crear nuevas articulaciones entre saberes antiguos y prácticas contemporáneas. No se trata de producir un currículo singular, sino de abogar por y representar la diversidad.

Las mismas cofundadoras y consejeras de la RedLA llegamos a este camino por linajes diferentes: la obra de la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, la Dra. Clarissa Pinkola Estés, el Dr. Gabor Maté, Carl G. Jung y Stephen Levine, el budismo, la Programación Neurolingüística, el Reiki y otras terapias complementarias, la psicología transpersonal, la enfermería, y los legados de todas las personas que hemos acompañado. Reconocer esta diversidad de origen dentro de la propia red es, y ha sido para nosotras, el primer ejercicio de honrar el linaje.

Cómo honramos el linaje en la práctica diaria

Reconocer un linaje empezó dentro de una comunidad que respondía a una tradición particular, que orientaba hacia una forma de práctica entendida como responsabilidad con esa sucesión particular, no siempre abierta a modificarse. Ese marco inspira a comprender lo que sucede y a desapegarse de los resultados, al ubicarse como canal de transmisión sin interferencia de los propios deseos o expectativas. Más adelante, cuando surge un impulso individual, ese mismo marco ayuda a equilibrar lo propio con la conciencia de pertenencia a una tradición. El linaje también llega a ser la manera en que aprendimos a ver la vida y la muerte como parte de lo mismo, sin división. Ese lugar se convierte en refugio, como donde se empieza y a donde se vuelve. Cambia todo el tiempo, se pierde y se reencuentra, y aun así descansamos ahí, con resguardo y confianza.

Impartir, compartir, enseñar está lleno de los legados de quienes forman y transforman la propia labor. Respaldarse en quienes vinieron antes también aligera un peso que, en el liderazgo, ya de por sí puede sentirse pesado, y que, evidentemente, ese peso no recae solo en una persona.

Como comunidad asumimos el compromiso y la responsabilidad de mapear y sostener los linajes, las diversas formas de morir y duelear, y los modelos, los acercamientos y los ritos vigentes, reconociendo sus orígenes para asegurar su continuidad.

Si todas las escuelas terminaran enseñando lo mismo, la diversidad que buscamos preservar se extingue. Nuestro compromiso es resguardar lo que no es universal, honrar a quienes han construido los marcos, las prácticas, los acercamientos y los gestos simbólicos que acompañan la muerte y el duelo, y ser igual de claras sobre lo que sí es común y compartido entre todas. Lo común a todas las escuelas debería ser el enfoque fundamental de cómo enseñar a acompañar en un mundo individualista y medicalizado sin repetir las mismas lógicas de imposición que queremos desarmar.

Quienes nos alentaron y quienes nos inspiran

Nombrar a las personas que dejaron su huella es un acto que se reitera entre quienes sostenemos esta labor de servicio; nombrarles es un honor. Cuando la persona de quien se aprendió algo ya murió, el crédito se da nombrándola a ella y a su origen. Cuando está viva, se le contacta directamente para contarle la relevancia de su contribución; hasta ahora, la respuesta ha sido siempre afirmativa. La fuente, el autor, el nombre del libro se nombran siempre, aunque el permiso formal no siempre se pida por escrito. Lo mismo aplica con las personas acompañadas en su proceso de morir: algunas piden que se comparta su historia, otras dan un permiso que nunca se les pidió, y en ambos casos se honra ese origen.

Se agradecen las experiencias vividas, los maestros, y los malos ejemplos que ayudan a construir una visión propia. “Esto no es mío, ni se me ocurrió a mí”, se repite con frecuencia; basta pensar en memento mori—recuerda que morirás—una idea que viene de siglos antes de nuestra era. La formación clínica y académica ayuda a sostener el hábito de citar la referencia de lo que se enseña.

Más de veinte años facilitando espacios, talleres y programas en el ámbito que hoy fundamentan el movimiento deja claro que las herramientas recibidas de tantas personas se integran con naturalidad a la práctica, siempre que se les honre y se les dé su lugar. Un principio lo resume: “ser irreverente con la técnica, y respetuosa del linaje” (principio heredado del maestro Daniel Oil).

Lo aprendido directamente de la experiencia de acompañar es lo que nos trae a esta labor, y es el fundamento de lo que se transmite. Los duelos y las muertes acompañadas demuestran lo que es realmente el proceso de morir y duelear, procesos que a menudo se alejan de lo que se cuenta socioculturalmente. Lo inculcado y la realidad vivida ocurren en registros distintos, y lo inculcado domina muchas veces las posibilidades de lo que se puede vivir en tiempo real. Son las personas acompañadas, en su propio proceso, quienes alientan a compartir lo atestiguado, las grandes maestras del acompañamiento, que nos alientan a nombrarlas, a honrar el legado que dejan al confiar su morir y su adaptación en transiciones de vida. “Según lo que he visto”, “lo que me han enseñado quienes he acompañado”, así se nombra, tal cual, ese conocimiento vivido.

También se nombra como experiencia propia, desde lo que vivimos en el proceso; se llama evolución, tramo del camino, un protagonismo que no se rehúye, equilibrado con la conciencia de formar parte de una comunidad. Esa sabiduría se actualiza con cada experiencia. Sostener la curiosidad genuina y la presencia ante lo desconocido mantiene la apertura necesaria para ampliar lo que es posible para los seres humanos en su trayectoria de adaptación en transiciones y hacia la muerte del cuerpo. Lo que surge de esa integración pertenece a una consciencia colectiva que se actualiza constantemente, y así se nombra cuando surge como parte de un conocimiento compartido en movimiento. Es también rescatar el saber sin título: cuidadoras de los hogares donde laboran tienen, a menudo, más experiencia que cualquier doula acompañando muertes, por ejemplo, y su experiencia merece el mismo valor.

Lo heredado y lo propio, a la par

La psicología transpersonal ofrece un marco útil para esta convergencia. Trascender el plano egoico requiere primero consolidar un yo fuerte; para que el límite del ego pueda morir, hace falta haber experimentado antes su potencia. En un mismo momento histórico conviven distintos procesos individuales, incluso institucionales, dentro de la RedLA: algunas personas están en la etapa de fortalecer su “yo”, y otras ya pueden trascenderlo. El reto es evitar que esos procesos entren en batalla con los saberes ancestrales y heredados: que no sea un “o” ni un “pero”, sino un “y”.

A veces las dos fuentes se juntan: se aprende algo heredado, algo estudiado, y algo por medio de la propia experiencia, y esa diferencia puede ser algo sutil. Hay quien experimenta algo y se dice a sí misma “esto yo lo leí, o lo escuché”; hay quien experimenta algo, luego lee sobre ello, y se dice “¡eso me pasó!”. La señal más clara para distinguir uno del otro suele ser la sorpresa: cuando lo que surge en el pensamiento, o las palabras que salen de la boca, sorprenden a quien las dice y enseñan algo nuevo, ese saber se reconoce como propio de la experiencia o la intuición. Cuando se siente la presencia de quien lo transmitió, pide evocarlo, y ese es el saber heredado. A veces la experiencia propia confirma el saber heredado, y en otras, lo enriquece. Servir de canal de esos saberes, dejar que atraviesen el cuerpo, la historia, la práctica, y tomen forma nueva, es un placer inmenso y un honor.

Conviene regresar a la fuente y releer o reescuchar a quienes abrieron camino como quien visita al maestro en la cueva. Ahí se descubre algo más: una nueva inspiración, un matiz que no se había percibido antes, o la sorpresa de que una reflexión propia ya existía hace años en algún libro o alguna tradición. Nada termina siendo del todo propio; todo se transmite por algún motivo.

Vivir en relación constante con los propios muertos—maestras y maestros ya fallecidos, ancestros por sangre y por vínculo, personas acompañadas en su proceso de morir—toma forma también en objetos heredados, fotografías, altares, y en tradiciones tan sencillas como preparar un café con leche o ver un atardecer. Reconocer cuando alguno de ellos se hace presente, a través de una memoria, una historia, un dicho o un acto aprendido, una coincidencia, un objeto, un fenómeno de la naturaleza, y nombrar ese reconocimiento en voz alta, es una manera concreta de reconocer de dónde viene el conocimiento propio. Llamar a los ancestros y guardianes, y tenerlos presentes en lo cotidiano, sostiene el mismo detalle.
Conectarse con algo vivido junto a una persona que acompañamos o una familia, honrar eso que se sintió o se aprendió, y agradecerlo, surge cada vez que se enseña: es sentir cómo ese aprendizaje pudo compartirse y ser útil para más de una persona.

La atención se repite en todas las formas de practicar: nombrar la fuente, sistemáticamente, sin excepción, y honrar el saber sin título tanto como el saber heredado. Ese reconocimiento ya está registrado en el Código de Ética de la RedLA: El conocimiento se transmite con el nombre de quien lo generó o lo sostuvo. Lo que cada quien hace por convicción propia, la RedLA ya lo reconoce como compromiso compartido.

La coherencia que se encarna

La coherencia se manifiesta en las acciones intencionadas, responsables que se sostienen, como nombrar la fuente, pedir permiso, dar crédito a quien lo merece, una y otra vez, hasta que se vuelve la forma natural de habitar el linaje. Se reconoce en lo pequeño, como una cita, un nombre mencionado, un permiso solicitado, antes que en cualquier principio escrito.

Esa coherencia se sostiene en comunidad. Honrar el linaje es también una forma de responder ante la red que lo sostiene, y ante quienes lo heredarán después. Cada reconocimiento fortalece el cuerpo colectivo del que todas formamos parte, y la responsabilidad de cuidarlo no recae en una persona, sino que se comparte y se renueva con cada quien que decide practicarla.

¿Qué gesto concreto practicas tú para honrar de dónde viene tu conocimiento? ¿Ante quién respondes tú cuando practicas tu labor, y cómo se nota esa responsabilidad en el día a día?

Sigue en la Parte 2: el diagnóstico de qué funciona y qué se puede optimizar hoy en el reconocimiento de linajes, y las motivaciones detrás de la apropiación.

Imagen: cottonbro studio

Wilka Roig es cofundadora de RedLA, partera de la muerte, activista en el campo de fin de vida y duelo, y directora general y académica de ESFIM. A través de giras comunitarias, aprende sobre cómo estamos muriendo y dueleando en Latinoamérica para identificar fortalezas y necesidades que orientan nuestra labor.

Catalina Mahecha es cofundadora de la Red Latinoamericana de Acompañamiento en la Muerte y el Duelo (RedLA). Su labor se centra en abrir espacios de diálogo entre diferentes saberes para acompañar la muerte en su contexto.

Con contribuciones de:

Viviana Bilezker es presidente y directora de El Faro Asociación, y consejera de RedLA. Capacita acompañantes y doulas de fin de vida, asiste a personas y familias en la preparación para la muerte y trabaja con la comunidad para desarrollar la conciencia de finitud.

María Ignacia Mac-Auliffe Rosas es enfermera de cuidados paliativos con enfoque en demencias, y doula de fin de vida. Presidenta de la Corporación Red Chilena de la Muerte y cofundadora de la RedLA, educa y empodera a la comunidad para potenciar el acompañamiento comunitario en la muerte y acercarlo a los cuidados paliativos.

Sofia Plonsky es cofundadora de la RedLA y Fundadora de LiveDoula en el campo del acompañamiento en el morir y el duelo, y facilitadora del programa CareDoula para formar doulas de muerte en Latinoamérica.

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