El movimiento de doulas de muerte en América Latina: una breve historia
¿Cuándo comenzó el acompañamiento a la muerte en América Latina? La respuesta depende de cómo se formule la pregunta. Si hablamos del término, es relativamente reciente. Si hablamos de la práctica, nunca dejó de existir.
Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, una mujer se sentaba junto a una persona que moría. No tenía título ni certificación. Solo estaba. Con el paso del tiempo, se le refirió por nombre: muertera, rezandera, veladora, partera de la muerte. Esto siempre ha existido en nuestros territorios.
Cada vez que aparece un término nuevo en este campo surge la misma pregunta: ¿esto viene de afuera o ya existía aquí? La respuesta es, en distintas medidas, una o las dos cosas. Este artículo es un intento de rastrear ese recorrido.
La historia del acompañamiento a la muerte en América Latina no comienza con la adopción del término doula. Mucho antes de que esta palabra circulara en nuestros territorios, existían múltiples formas de cuidado comunitario frente a la muerte: muerteras, parteras de la muerte, rezanderas, plañideras, cantoras, veladoras, amortajadoras, guardianas de ritos funerarios, animadoras de almas. Estas prácticas han formado parte del tejido cultural de muchos pueblos, aunque con frecuencia fueron invisibilizadas o marginadas por los procesos históricos de colonización, la medicalización de la muerte y la regulación religiosa e industrialización de los ritos funerarios.
Durante gran parte del siglo XX, el morir fue desplazándose progresivamente hacia hospitales e instituciones, reduciendo el rol de la comunidad en el acompañamiento de las transiciones finales. En paralelo, surgieron movimientos que cuestionaron este modelo. En las décadas de 1960 y 1970, observaciones, estudios, investigaciones y seminarios sobre el proceso del morir, en particular los impulsados por Dame Cicely Saunders y la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, abrieron gradualmente un diálogo internacional sobre la experiencia humana de la muerte. En ese mismo período, el término “doula” fue apropiado por el movimiento del parto humanizado para nombrar a quienes acompañan los procesos de parto desde una perspectiva no clínica.
El uso del término doula también ha generado debate en distintos contextos culturales. La palabra proviene del griego antiguo δούλη, que se refiere a una sirvienta o mujer al servicio de otra, en particular de una mujer embarazada, término que en la antigüedad podía asociarse a condiciones de servidumbre o esclavitud doméstica. Esta raíz ha dado lugar a algunas críticas contemporáneas, especialmente en movimientos que cuestionan la carga histórica de subordinación que el término podría conllevar. Al mismo tiempo, en textos bíblicos aparece la palabra relacionada δοῦλος (doulos), traducido en español a siervos, utilizada para describir—y describirse a sí mismos—los seguidores de Jesús de Nazaret que asumieron una vida de dedicación radical y servicio. Estas interpretaciones contrastantes han alimentado reflexiones dentro de los movimientos contemporáneos de acompañamiento: para algunas personas, el término evoca relaciones históricas de servidumbre; para otras, simboliza una vocación de servicio consciente y voluntario, centrado en el cuidado, la presencia y el acompañamiento compasivo en momentos fundamentales de la vida. Y para otras más, en particular mujeres latinoamericanas que han compartido esto desde una convicción profunda e irreprimible, representa una entrega al servicio del morir ajeno, y una forma de aprendizaje que solo esa entrega hace posible—orgullosamente esclavas de la muerte, comisionadas por la muerte misma.
Desde finales de la década de 1990, el término comenzó a trasladarse al ámbito contemporáneo del morir. Phyllis Farley (1924–2020), filántropa, activista y pionera en el campo de la salud en Estados Unidos, reconoció que el apoyo emocional no médico que las doulas brindaban en el parto reflejaba también las necesidades del final de la vida. En 2001, conceptualizó el uso del término doula para el ámbito del final de la vida y desarrolló el marco para la primera formación de doulas de muerte en voluntariado. En el Norte Global, el término pronto comenzó a describir a quienes acompañan los procesos de fin de vida a través de la presencia, el apoyo emocional, la orientación práctica y el cuidado comunitario. Surgieron programas de formación y organizaciones que estructuraron esta práctica bajo el nombre de death doula o end-of-life doula.
La pregunta entonces fue: ¿doula de qué? Esto reflejaba tanto el tabú cultural en torno a nombrar la muerte como el enfoque más suave de enmarcar el rol alrededor del fin de vida, incorporando también a la discusión el arco de tiempo en que una doula puede brindar acompañamiento, que no se limita al momento de la muerte. Algunas personas prefieren referirse como “doulas de muerte”; otras usan “doulas de fin de vida”. Esta temprana discusión reflejaba diferencias culturales en torno a la manera de admitir la muerte y las conversaciones nacientes sobre el alcance de la práctica. Hoy ambos términos coexisten en el diálogo internacional, junto a otros que han surgido desde entonces, entre ellos Deathwalker, Death Midwife, Soul Midwife, End-of-Life Practitioner, Transition Guide, Anam Cara y Thanadoula. Cada nombre porta un énfasis distinto, una relación diferente con lo sagrado, lo clínico y lo comunitario.
En América Latina, sin embargo, la articulación del acompañamiento al morir ya se estaba desarrollando antes de que el término se popularizara en la región. Desde 2003, Viviana Bilezker comenzó, a través de una primera organización, Acompañar, a capacitar acompañantes de fin de vida en Buenos Aires, Argentina, tejiendo saberes comunitarios, espirituales y psicosociales, labor que en 2008 se institucionalizó con la fundación de El Faro Asociación. Estas experiencias son anteriores a las primeras escuelas formalmente reconocidas en Estados Unidos: la International End of Life Doula Association (INELDA) y Quality of Life Care (hoy conocida como CareDoula), ambas fundadas oficialmente entre 2010 y 2015. Desde mucho antes, América Latina ya había empezado a construir su propio campo educativo.
Durante la primera década del siglo XXI, el término doula desde el ámbito del nacimiento comenzó a adoptarse en algunos países latinoamericanos, en particular en Guatemala, México, Brasil, Argentina y Chile, donde el movimiento de doulas de nacimiento ya tenía presencia desde su comienzo en la década de 1990. Hacia 2017, empezó a usarse también en el ámbito del morir en México, Ecuador y Colombia, y en 2018 en Brasil, para nombrar el acompañamiento en procesos de muerte y duelo. Esta adopción respondía en parte a una necesidad estratégica: un lenguaje que permitiera el diálogo con movimientos internacionales y diera visibilidad a prácticas de cuidado que ya existían en nuestras culturas.
Las cuatro primeras cofundadoras de lo que luego se convertiría en la Red Latinoamericana de Acompañamiento en la Muerte y el Duelo (RedLA) estaban entre las primeras doulas de muerte identificadas en la región, y cada una encontró su camino hacia ese lenguaje por una puerta distinta. Wilka se formó con INELDA en 2017, Sofía con Quality of Life Care también en 2017, Catalina con Doulagivers en 2018, y María Ignacia en 2022 con Going with Grace. Cuatro pilares del movimiento en Estados Unidos; cuatro mujeres de América Latina que tuvieron que viajar al norte, en lengua y muchas veces en kilómetros, para encontrar reconocimiento formal a un saber que ya había despertado desde antes en su servicio de acompañamiento. Los esfuerzos de formación y capacitación en México desde 2017 que resultaron en la institucionalización del Espacio Formativo para la Integración de la Muerte en 2020 surgieron precisamente de esa brecha: las formaciones disponibles no eran accesibles ni culturalmente relevantes para las comunidades a las que buscaban servir.
El valor estratégico del término fue también personal e histórico de maneras que van más allá de la visibilidad profesional. Muchas de quienes han acompañado a los moribundos en América Latina durante siglos—las muerteras, las rezanderas, las guardianas de tradiciones espirituales y ancestrales—fueron empujadas a la clandestinidad por la colonización y la Iglesia Católica, condenadas como salvajes, o satánicas. Algunas se refugiaron en tradiciones espiritistas o santeras, continuando su servicio en los márgenes; todas sirvieron en las sombras de la sociedad. Un término reconocido internacionalmente para nombrar a una profesional no médica que acompaña el morir le dio a muchas de estas personas una manera de salir a la luz: nombrar públicamente lo que siempre habían hecho, y hacerlo sin vergüenza ni temor.
Ese mismo poder legitimador, sin embargo, conlleva un costo que el movimiento en América Latina comienza ahora a sentir. Cuando los términos adquieren valor profesional y comercial, instituciones y empresas se mueven para apropiarse de ellos. En varios países, las frases doula de muerte y doula de fin de vida se han convertido en objetivo de registros de marca, maniobras legales que obligarían a las practicantes a reportarse, pagar regalías o enfrentar litigios de parte de quien posea la marca. El mismo lenguaje que fue adoptado para hacer visibles prácticas ancestrales corre ahora el riesgo de ser cercado por las mismas estructuras de poder que el movimiento nació para resistir.
Esa tensión es una de las razones por las que una red regional se volvió necesaria. La Red Latinoamericana de Acompañamiento en la Muerte y el Duelo, soñada desde 2019 y fundada en 2022, existe en parte como respuesta a ese cercamiento: una afirmación colectiva de que este lenguaje, y las prácticas que nombra, pertenecen a una comunidad y un territorio, no a ninguna institución en particular.
La adopción del término doula en América Latina marca un proceso de traducción cultural y legitimación pública, no el origen de la práctica. Muchas personas que hoy se identifican como doulas reconocen que continúan una tradición más antigua de acompañamiento que siempre ha estado presente en nuestras comunidades. En ese sentido, el término funciona como un puente entre el saber ancestral, las prácticas comunitarias y los movimientos contemporáneos de cuidado al final de la vida.
Las primeras escuelas formalmente estructuradas de doulas de muerte en América Latina se establecieron entre 2018 y 2020: amorTser en Brasil en 2018, y el Espacio Formativo para la Integración de la Muerte en México, cuya labor de formación inició en 2016 con la organización de los bienales Soñando y Sanando: Soñando el arco de vida, y se institucionalizó en 2020. En los años siguientes, el movimiento creció rápidamente. Para 2024, ya se documentaba actividad formativa, comunitaria o educativa en al menos siete países: Argentina, México, Brasil, Guatemala, Chile, Ecuador y Colombia, con presencia observada en otros países de la región. En el Caribe, el término comenzó a aparecer también en esos años; en Puerto Rico, el movimiento empezó a consolidarse de manera más visible en 2024 a través de Consciencia de la Muerte, una iniciativa comunitaria de sensibilización y acompañamiento en torno a la muerte. En Chile, 2025 marcó la fundación formal de la Red Chilena de la Muerte (soñada desde 2021), articulando esfuerzos de profesionales, activistas y colectivos que ya venían evolucionando en el territorio. Este tipo de formalización refleja un momento que el movimiento regional está viviendo en varios países: lo que comenzó como práctica dispersa empieza a reconocerse como campo.
El movimiento latinoamericano de acompañamiento en el morir y el duelo puede entenderse así como la confluencia de tres corrientes: las tradiciones comunitarias históricas de cuidado a la muerte; los aportes del movimiento internacional de cuidados paliativos y los estudios sobre el morir; y la adopción estratégica del término doula para hacer visibles estas prácticas y articularlas en el mundo contemporáneo.
América Latina tiene su propia historia de acompañamiento a la muerte, y es más larga de lo que la conversación internacional suele reconocer. Es un fundamento: el movimiento que hoy crece en la región tiene raíces, tiene nombres, tiene fechas.
La pregunta que queda abierta es cómo sigue creciendo, si replicando modelos de otros contextos o desde lo que ya somos y sabemos.
¿Tú, desde qué tradición o práctica te acercaste por primera vez al acompañamiento en la muerte y el duelo? Esa respuesta dice mucho sobre el movimiento que hoy construimos juntas.
Imagen: Amar Preciado
Wilka Roig es co-fundadora de RedLA, partera de la muerte y activista en el campo de fin de vida y duelo. A través de giras comunitarias, aprende sobre cómo estamos muriendo y dueleando en Latinoamérica para identificar fortalezas y necesidades que orientan nuestra labor.


3 responses to “Una breve historia”
Gracias Wilka por el escrito.
Me parece tan necesario poner en valor ese acompañamiento en silencio .llevado por mujeres siempre q hasta me parece restaurativo unir lo ancestral con lo actual.
Acompañar es un acto de amor, de presencia, de compasión, de humildad donde no hay lugar para lo egoico, solo hay espacio para el silencio y la revelación de lo esencial de ser humano,
En mi familia no ha habido una figura q se okupase de este acompañamiento.
Y la vida me hizo con 21 años q acompañases a mí papá en su último mes de vida..pero no era consciente de lo q estaba compartiendo.
Fue hace 9 años, ahora yo tengo 65 años y recién jubilada, q la muerte de mi amada sobrina x muerte x suicidio y tras 7 meses donde teníamos xq convivir con el miedo a q lo hiciese, y de nuevo ingresarla, salir de alta, vivir como familia un desconcierto, un no saber y entrar en shock total el día q por fin logro acabar con su sufrimiento .
Este momento fue tan tan doloroso..q el acompañamiento fue hecho como pudimos..yo entré en locura al igual q el resto. Nadie imagina q pueda suceder este modo de morir en tu familia; la cuestión es q ocurre, y con muchísima mayor frecuencia q podamos imaginar. En España 11 personas al día se suicidan!!!!!! Y que nos esta pasando como sociedad?
Digo esto y siento el duelo de esa porción de humanización q necesitamos recuperar …
Luego vino hace 3 años la muerte de mi mamá pero fue un acompañar desde un lugar de calma y de paz.
Pero la vida, hace ,4 meses de nuevo me puso a prueba. Mi hermano, el padre e mi sobrina no pudo transitar tanto dolor ni se dejaba ayudar. Enfermo muy gravemente. Aquí sí q hice un acompañamiento de presencia y respeto absoluto. Pudimos sanar heridas y vernos como nunca antes nos habíamos visto. Ambos vulnerables pero el con la certeza q estaría hasta su último aliento con el acompañándole y así fue.
El silencio, la presencia me ayudaron a sostener el momento de su doloroso final que acepte q por algo sucedió todo como sucedió forma parte del misterio de la vida. Me siento en paz y deseo poder seguir compartiendo estás iniciativas q agrandan mi alma. Gracias
Desde Puerto Rico les felicito y les leo.